28 ene. 2011

LA IMPORTANCIA DEL PELO LARGO



La salud, la alegría, el poderío siempre se manifestaron en el cabello. Lucir una flamante cabellera al viento siempre fue privilegio de los más fuertes. El hecho de moverse, correr, hacer viento, implicaba despejar el pelo del rostro, haciendo del conjunto una bella pose o estampa, de siempre valorada.


El dominio del más hermoso animal, el caballo (todo melena), supondría la diferenciación entre los más valientes y los menos, creando así el precedente del concepto que ha llegado hasta nuestros días, caballero. Montar y dominar los caballos hacía de los jinetes la avanzadilla de las primeras microcivilizaciones, asignándose para sí, con el tiempo, los lugares más privilegiados. Fortaleza y sabiduría irían asociados a esta imagen de frondosa y larga cabellera.


El aire que genera uno mismo es su movimiento, sería un síntoma de poderío, de elegancia, de casta, de raza, de pureza. Aire que no se ve, que no se palpa, pero que existe, también sería considerado espíritu, valor. La expresión “Darse AIRES de grandeza”, no es más que cierto tipo de movimientos o actitudes que pretenden, sin posibilidad alguna, hacer notar tales cualidades al resto.


Por otra parte, la necesidad de trabajar para poder sobrevivir, obligaba a recogerse los cabellos con el fin de no quedarse enredados entre la leña que se cargaba o permitir la visibilidad en los trabajos especializados. De esta realidad se derivaría, mucho más adelante, que los castigados a realizar las tareas más duras y penosas llevaran el pelo corto, en tanto que los más poderosos lo llevaran largo y suelto. Una vez conocidos los metales y la destreza en su afilado, sería un elemento distintivo o de lujo llevar la cara afeitada y la cabeza parcialmente rapada, dejando una mata de pelo largo como herencia de tales costumbres ancestrales de poder.


El conocimiento y la sabiduría, heredada de los poderosos más ancianos, conformaba la sapiencia del momento, la tan conocida y mal entendida “cábala”, inspiración venida de los elementos no tangibles, espirituales, como eran el fuego o el viento. Este raciocinio y la capacidad de análisis ante lo que el Hombre es, determinaba la manera de ser de los más sabios: CABALES.


Los valles son lugares entre las montañas donde viven las manadas de animales más preciados por su fuerza, poderío, tamaño y belleza. Son los caballos y los toros. Adentrarse en tales entrañas supondría que, después de centenares de intentos, la proeza de dominar estos parajes sería titánica, teniendo en cuanta las condiciones abruptas del terreno, así como el terror a la oscuridad, las alimañas y al frío, fuera de casa.


En los valles prevalecen los vientos, corrientes de aire, por lo general suaves, que favorecen, de manera natural, la higiene, el secado de ropajes y la ausencia de parásitos. Sin embargo, la mayor parte de las veces el viento es molesto, por cuanto nos quita de la piel nuestra temperatura, nos enfría y nos resfría. Era fundamental para protegerse del él, la valla (BALLA), primera construcción indispensable para encontrar el refugio y la paz, en las paradas de las diferentes expediciones. Todo este conjunto de circunstancias quedarían aunadas en un solo concepto generalizado.


El pelo, el cabello, originariamente fue llamado como hasta hoy ha llegado “AIRE”, “BAL” o bal-le (valle). El aire, como otras cosas que no se ven, no tendrían nombre, aunque sí su efecto, el movimiento del pelo, las crines, la hierba. Asimismo, ciertas danzas que, por efecto del movimiento, levantaban el aire fueron llamadas también BAL (bal-le, bal-la, bal-lar), llegando hasta nosotros baile, balada, vals, ballet, etc.

Todos los topónimos y palabras que contienen Bal o Val hacen también alusión a este fenómeno atmosférico.



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